"Toma una sonrisa, regálala a quien nunca la ha tenido. Toma un rayo de sol, hazlo volar allá en donde reina la noche. Descubre una fuente, haz bañar a quien vive en el barro. Toma una lágrima, ponla en el rostro de quien nunca ha llorado. Toma la Valentía, ponla en el ánimo de quien no sabe luchar. Descubre la Vida, nárrala a quien no sabe entenderla. Toma la Esperanza y vive en su Luz. Toma la Bondad y dónala a quien no sabe donar. Descubre el Amor y hazlo conocer al mundo". Mahatma Gandhi

03 abril 2009

"Kioto en flor"



En abril, cuando los cerezos florecen, Kioto se transforma en la ciudad más mágica, indescriptible y maravillosa del mundo. Los japoneses celebran con entusiasmo el acontecimiento. En todas las casas se preparan comidas especiales y un postre universal: la tarta de cerezas.






En abril, cuando los cerezos florecen, Kioto se transforma en la ciudad más mágica, indescriptible y maravillosa del mundo. Los más de mil templos y pagodas que la adornan se visten con sus mejores galas, mientras se acentúa la conmovedora belleza de sus delicados jardines y las frondosas avenidas de los barrios residenciales aparecen salpicadas de pinceladas impresionistas en tonos pastel, como si un pintor enfebrecido por la llegada de la primavera hubiera pasado la noche dejando las huellas de su paleta sobre el verde luminoso de los árboles.

Hasta las últimas geishas de Gion, de costumbres tan reservadas, salen esos días de sus herméticas guaridas para sumarse a la fiesta, adornadas con lujosos kimonos a juego con la estación. Ante tanta belleza, no es de extrañar que los japoneses celebren con entusiasmo el acontecimiento. En todas las casas se preparan comidas especiales y un postre universal: la tarta de cerezas. Nadie sabe tampoco por qué, ya que los cerezos japoneses sólo dan flores, no frutos, pero éste es un país de contrastes donde muchas veces lo mejor -ya lo he aprendido-, es no pedir explicaciones.

En Kioto, la primera visita es casi obligado dedicarla al castillo de Nijo, un impresionante complejo de palacios de madera, Patrimonio de la Humanidad, construido por el shogun (señor feudal) Ieyasu a principios del siglo XVII. Si lo que el shogun pretendía, como se dice, con tanta ostentación de poder y riqueza era impresionar al emperador y menoscabar su autoridad, no es de extrañar que temiera una represalia imperial, así que las sólidas tarimas de madera de cedro –abrillantada con salvados de arroz- que cubren porches y pasillos se ensamblaron de tal manera que crujieran al pisarlas para que nadie pudiera acercarse al señor sin ser apercibido.

Del mismo modo, el laberíntico complejo de paneles corredizos de papel de arroz, primorosamente pintados por los mejores artistas, que separan unas estancias de otras, ocultaba cámaras secretas desde donde celosos guardianes observaban sin ser vistos. Pero en aquel día radiante, como digo, lo más llamativo del castillo eran sus maravillosos jardines reventados de flores, así que los innumerables turistas japoneses que lo invadían todo no paraban de apuntar sus cámaras y teléfonos móviles hacia los árboles como si quisieran abatir la primavera.

Los jardines, protagonistas




¿Pinos enanos o enormes bonsáis? Siempre me quedará la duda al referirme a los primorosos árboles que rodean el estanque en Kinkakuji (Templo Dorado), la antigua casa de campo de otro refinado shogun que terminaría convirtiéndose en emblemático templo budista. Sin embargo, los espectaculares tejados curvos, en forma de pagoda, y las paredes recubiertas de láminas de oro que brillan como soles en el ocaso no hubieran alcanzado la fama que hoy ostentan de no haber sido por el libro homónimo de Mishima, aquel eterno aspirante al Nobel de literatura que terminaría haciéndose el haraquiri para mostrar al pueblo japonés que se había apartado de su tradición. Una vez más, los cuidadísimos jardines acaparaban la atención del gentío.

Es imposible describir tanta belleza, tanta armonía, tanto detalle cautivador, tanta emoción estética como la que se siente al recorrer esas obras de arte, fruto de la complicidad entre la madre naturaleza y las exquisitas manos de los maestros jardineros japoneses, una profesión altamente respetada en aquel país.

Pero no todos los jardines japoneses son de plantas. En el antiguo templo zen de Ryoan la principal atracción es su jardín de piedras blancas, de estilo kare sansui (paisaje seco), en el que quince rocas de mediano tamaño destacan como islas, aparentemente dispuestas al azar, sobre un mar de guijarros blancos primorosamente rastrillados. A mí me pareció, el jardín seco, lo menos interesante de ese templo maravilloso, lleno de rincones deliciosos y edificios bellísimos, enmarcados por ramas de cerezos en flor. Baste decir que mi cámara pareció volverse loca y estuve más de una hora disparando fotos sin cesar.

DSCN0249.jpg image by Ibado


El atardecer es el momento más propicio para trepar por la abigarrada calle, jalonada de tiendas, que lleva hasta Kiyomizu (Agua Clara), uno de los templos budistas más importantes del país. El impacto sensorial de la enorme estructura naranja recortándose sobre un cielo azul sin mácula y bañada por la suave luz de un sol agonizante es una estampa difícil de olvidar. Más arriba, coronando la colina, se halla la espectacular terraza de madera, sustentada sobre ciento treinta y nueve cipreses ensamblados sin utilizar un solo clavo. Es tal la altura del espléndido mirador sobre la falda de la montaña que los japoneses utilizan la expresión «como saltar desde la terraza de Kiyomizu» para referirse metafóricamente a cualquier acto que entrañe gran valor y coraje. Al pie de la estructura mana la fuente de agua clara y helada donde los monjes se purifican cada día del año.










1 comentario:

Sony dijo...

y las cerezas estan hasta en las tartas,mmmmmmmm que rico!!!!!!!y que maravilla debe ser poder ver esos jardines tan coloridos,caminar por sus parques y conocer un poco de esta cultura tan milenaria.
me alegro que te haya gustado amiga.besitos

papa noel

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